Cuando un niño dice “estoy aburrido”, no siempre está pidiendo algo que hacer, a veces pide algo más complejo: que alguien le enseñe a estar, a quedarse un momento en el silencio, en la pausa, en ese espacio donde aparentemente no ocurre nada espectacular, pero están ocurriendo cosas en su universo emocional.
La vida, después de todo, no tiene botón de adelantar. Ninguna amistad profunda, ningún aprendizaje verdadero, ninguna herida que sane, lo hace a la velocidad de una pantalla. Y, sin embargo, vivimos exigiéndole a la realidad el mismo ritmo de nuestros dispositivos, como si el mundo estuviera fallando por no responder con la rapidez que esperamos.
De ahí que reaccionemos con la
prohibición. Quitamos el celular, apagamos el wifi, levantamos murallas
digitales como si el problema fuera técnico. Pero no lo es. El verdadero
problema es que hemos ido perdiendo la capacidad de saber qué hacer con el
tiempo cuando no está ocupado, cuando no produce estímulo ni recompensa
inmediata.
Tal vez educar hoy no consista en
acelerar procesos, sino en protegerlos. Defender la mesa sin pantallas, la
conversación sin interrupciones, una caminata sin destino anticipado… recuperar
esos espacios donde el tiempo no se mide por productividad, sino por presencia.
Al final, seguimos siendo cuerpos
que sienten, mentes que maduran y corazones que necesitan pausa. Los
procesadores serán cada vez más rápidos, pero la vida, esa que ocurre fuera de
la pantalla, sigue creciendo a su propio ritmo. Y quizá educar, criar y
acompañar hoy consista, simplemente, en defender el derecho a no ir tan rápido.
Entonces ¿Qué podemos hacer? ....

No hay comentarios.:
Publicar un comentario