Una de las limitaciones de la gestión social tradicional es que suele comenzar con amplios diagnósticos sobre población, economía, organizaciones, condiciones de vida y características generales del área de influencia. Esta información es necesaria para comprender el contexto en el que se desarrolla un proyecto, pero no siempre resulta suficiente para explicar las dinámicas sociales que pueden surgir o comenzar a configurarse a su alrededor.
Los proyectos no entran en controversia con una «comunidad» entendida como un actor homogéneo. Las tensiones se producen alrededor de situaciones concretas: quién accede al empleo local, quién utiliza una fuente de agua, qué ocurre con un camino tradicional, cómo se distribuye una inversión social, qué efectos genera determinada intervención o por qué un compromiso acordado meses atrás continúa sin cumplirse, entre muchas otras.
Cada una de estas
situaciones puede activar actores distintos, movilizar intereses diferentes,
reactivar experiencias anteriores y producir interpretaciones particulares
sobre el proyecto. Una controversia por empleo, por ejemplo, no puede
comprenderse únicamente mediante indicadores de desempleo. Es necesario conocer
quién considera legítimas las reglas de contratación y quién las cuestiona; qué
antecedentes alimentan esas percepciones; qué actores están articulando el
inconformismo; qué relaciones existen entre ellos y qué expectativas pueden
transformarse en demandas colectivas.
Por ello, EPISOC
propone pasar del diagnóstico social predominantemente descriptivo a la Situación
Socioestratégica como unidad primaria de análisis. La pregunta deja de
ser únicamente ¿cómo es el área de influencia? para incorporar otra escala de
observación: ¿qué se está configurando alrededor de esta situación, quiénes
intervienen, qué significa para ellos, qué relaciones de interdependencia
existen y hacia dónde puede evolucionar?.
Analizar una situación
socioestratégica permite reconocer qué está en juego, cuáles son los
puntos de tensión, qué actores tienen capacidad para modificar el curso de los
acontecimientos, qué relaciones pueden favorecer su escalamiento o
transformación y sobre qué condiciones resulta posible intervenir.
El diagnóstico
deja así de funcionar únicamente como una fotografía del entorno social y se
convierte en una base para interpretar dinámicas que pueden modificar la
trayectoria del proyecto. No se trata de abandonar la caracterización de la
realidad existente, sino de avanzar desde ella hacia la comprensión de las
configuraciones sociales que se forman alrededor de decisiones, impactos,
expectativas, relaciones y acontecimientos vinculados con el desarrollo del
proyecto.
De esta manera, la gestión social no
se limita a conocer el contexto: busca comprender qué está ocurriendo, cómo se
está configurando, qué puede llegar a ocurrir y dónde existen posibilidades de
intervención antes de que una situación se transforme en una controversia de
mayor complejidad.

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