«El mejor no gana porque no compite», decía Facundo Cabral. Una frase que parece una contradicción, pero que encierra una reflexión sobre nuestra manera de entender el éxito y la excelencia.
Aristóteles distinguía entre la excelencia como realización de las propias potencialidades y el reconocimiento que recibimos de los demás. Para el filósofo, la excelencia (areté) no consiste en ser superior a otros, sino en desarrollar plenamente nuestras capacidades mediante el ejercicio de la virtud. No se trata de ganar, sino de llegar a ser aquello que estamos en capacidad de ser.
El reconocimiento, en cambio, depende de la mirada ajena. Y esa mirada no siempre distingue entre el mérito y la popularidad, entre la virtud y el poder, entre la excelencia y el éxito. Podemos recibir muchos aplausos sin ser mejores personas y alcanzar una vida virtuosa sin que nadie nos aplauda.
Vivimos, sin embargo, en una sociedad que parece haber invertido esa relación. Desde pequeños nos enseñan a competir, a ocupar el primer lugar, a superar al otro. Nos acostumbramos tanto a medir nuestros logros por comparación que terminamos confundiendo ser mejores con ser mejores que los demás.
No significa que competir sea malo. La competencia puede estimular el esfuerzo y el perfeccionamiento. El problema comienza cuando dejamos de esforzarnos por ser mejores y empezamos a vivir para demostrar que somos superiores.
Quizás por eso la frase de Cabral tiene tanta fuerza. Nos recuerda que la excelencia es una conquista sobre nosotros mismos, mientras que la victoria es apenas un resultado frente a los demás.
Y que, al final, lo verdaderamente importante no es a cuántos hemos superado, sino cuánto hemos logrado superarnos.

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