¿Cómo sabemos lo que creemos saber sobre las comunidades, los actores y las situaciones sociales con las que trabajamos? Esta es una de las preguntas menos formuladas en la gestión social de proyectos de alto impacto y, paradójicamente, una de las más importantes.
Una organización puede saber cuántas personas asistieron a una reunión y desconocer qué significó ese encuentro para quienes participaron; puede identificar a los líderes formales y no reconocer a quienes realmente están articulando una posición colectiva, o registrar una demanda de empleo como una expectativa económica cuando detrás existe una percepción de injusticia, exclusión o reconocimiento. El problema, entonces, no consiste solamente en obtener más datos, sino en cómo producimos conocimiento social.
Durante mucho tiempo hemos operado
bajo una lógica relativamente simple: profesionales externos preguntan, observan,
registran y posteriormente interpretan; el conocimiento viaja predominantemente
desde los actores sociales hacia la organización. Pero la realidad social no
está esperando a ser recogida: se construye y transforma en la interacción
cotidiana.
Un compromiso incumplido, una decisión
técnica, un cambio de liderazgo, una conversación en WhatsApp o la aparición de
un nuevo actor pueden modificar rápidamente la manera como un proyecto es
interpretado. Por eso, conocer socialmente un proyecto exige algo más parecido
a una película que a una fotografía.
Una preocupación planteada por un
actor debería poder seguirse hasta saber cómo fue interpretada, quién la
analizó, qué decisión produjo y qué respuesta regresó a quienes la originaron.
Así, una entrevista dejaría de ser solamente extracción de información; una
cartografía social podría convertirse en un mecanismo de construcción
compartida de significado, y una mesa de diálogo en un espacio de producción de
conocimiento.
Para el proyecto, esto tiene una utilidad
concreta: permite detectar tempranamente cambios en expectativas, narrativas,
liderazgos y relaciones; distinguir una inconformidad aislada de una situación
que comienza a convertirse en riesgo, comprender qué la está produciendo y
decidir antes de que una tensión escale a conflicto. Aquí aparece la
posibilidad de desarrollar sistemas de mediación y producción social de
conocimiento; es decir, actores capaces de escuchar, interpretar, contrastar y
traducir diferentes maneras de comprender una situación, mediando entre
conocimientos sociales, institucionales y técnicos.
Ese conocimiento es la base para una
gestión preventiva del conflicto y para construir una agenda social proactiva,
capaz de actuar sobre las situaciones antes de que se conviertan en crisis para
el proyecto.






