Humberto Maturana nos dejó una intuición fundamental para comprender los conflictos sociales: Muchos de los conflictos sociales no se resuelven con más argumentos, sino con la transformación de la emoción que los funda.
Un conflicto de origen racional ocurre cuando las partes comparten, al menos en lo fundamental, un mismo campo de sentido, pero discrepan sobre medios, datos, procedimientos, beneficios, costos o alternativas. En estos casos, la conversación puede tramitarse mediante argumentos, evidencia, negociación, ajustes técnicos o compensaciones. Si dos actores discuten sobre el trazado de una vía, el monto de una indemnización o el diseño de un plan de manejo, el desacuerdo puede ser difícil, pero sigue siendo tratable dentro del lenguaje de la razón instrumental.
Otra cosa
ocurre cuando el conflicto tiene origen emocional-simbólico. Allí el problema no
está principalmente en la información disponible, sino en el mundo de significados
desde el cual esa información es interpretada y, en algunos casos, puede considerarse
que el proyecto amenaza nuestra identidad y existencia. Para Maturana, las emociones
no son simples sentimientos privados, sino disposiciones corporales que abren o
cierran dominios de acción. Dicho de otra manera, el dominio emocional desde el
cual una comunidad escucha define qué argumentos pueden ser procesados racionalmente,
cuáles se perciben como irrelevantes y cuáles sienten como amenazas a su propia
existencia.
Por eso, cuando un conflicto se instala en el plano emocional-simbólico, los datos no bastan; a veces ni siquiera ayudan. Pueden ser percibidos como manipulación, arrogancia técnica o intento de imponer una verdad externa sobre una experiencia territorial vivida.
Un ejemplo
paradigmático es el conflicto por el páramo de Santurbán, en Santander. Su núcleo
no ha sido únicamente la delimitación ambiental, la viabilidad minera o la calidad
de los estudios técnicos. Santurbán se convirtió en un símbolo del agua, de la vida,
de la identidad regional y de la defensa del territorio frente a poderes percibidos
como externos. En ese escenario, quien habla solamente de regalías, empleo o tecnología
minera no está respondiendo al conflicto real, porque la comunidad no está preguntando
cuánto va a ganar en términos económicos, sino qué se está poniendo en riesgo.
Algo semejante
ocurre con el fracking. Sus defensores suelen presentar argumentos sobre
seguridad operativa, regulación, monitoreo ambiental y autosuficiencia energética.
Pero buena parte de la resistencia social se organiza alrededor de emociones más
profundas: miedo al daño irreversible, desconfianza institucional, memoria de promesas
incumplidas, defensa del agua y rechazo a un modelo de desarrollo sentido como impuesto.
El error
de muchas estrategias de gestión social consiste en tratar conflictos emocional-simbólicos
como si fueran conflictos racionales mal informados. Entonces se responde con más
socializaciones, más presentaciones, más estudios, más cartillas y más argumentos
técnicos, ignorando que el problema no es falta de información, sino falta de reconocimiento.
En estos
casos, gestionar no significa convencer; significa comprender la representación
del mundo desde la cual el otro interpreta la realidad. Ningún proyecto obtiene
legitimidad solo demostrando que es técnicamente viable. La obtiene cuando logra
ser escuchado sin activar miedo, humillación o desconfianza.
Santurbán
y el fracking nos muestran que las comunidades no reaccionan únicamente ante impactos
objetivos, sino también ante significados. Cuando un proyecto toca símbolos vitales
como el agua, la salud, la vida, la dignidad o el futuro, deja de estar ante un
debate técnico y entra en el terreno de las emociones colectivas.
Entonces la pregunta ya no es: ¿qué
debemos ajustar para llegar a un acuerdo? La pregunta decisiva es otra: ¿desde
qué emoción, memoria e identidad está siendo escuchado y comprendido el proyecto?

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