Llamamos
socialización al proceso mediante el cual el individuo se convierte en miembro
de una sociedad. No nace sabiendo convivir, respetar límites, reconocer deberes
ni regular sus deseos: tiene que aprenderlo. Desde los primeros años incorpora
el lenguaje, los valores, las costumbres, los roles y, de manera decisiva, las
normas que hacen posible la vida con otros.
Socializar no es simplemente enseñarle al niño que existen reglas. Es lograr que progresivamente las interiorice, comprenda su sentido y aprenda a orientar su conducta dentro de ciertos límites. El niño descubre así una realidad elemental de la vida social: no todo lo que quiere puede hacerlo, no todo lo que desea puede obtenerlo y su voluntad no está por encima de la de los demás.
Ese proceso no anula su libertad; crea las condiciones para que algún día pueda ejercerla.
Porque la autonomía no consiste en hacer lo que uno quiere. Consiste en estar en capacidad de decidir y, al mismo tiempo, hacerse responsable de las consecuencias de lo decidido; y esa capacidad no viene dada con el nacimiento: se forma.
Más adelante, especialmente desde la adolescencia, comienza a tomar fuerza otro proceso: la individuación. El joven comienza a tomar distancia crítica frente a aquello que aprendió, examina las normas recibidas, confronta los valores de su familia y de su sociedad y empieza a construir criterios propios. Esa capacidad de cuestionar lo aprendido es precisamente una de las formas mediante las cuales cambian las culturas.
Pero hay un orden que no conviene invertir: primero se aprende la norma y después se adquiere la capacidad de discutirla.
Pretender formar un individuo autónomo sin haberlo socializado previamente es una contradicción. No se puede ejercer críticamente una libertad que nunca aprendió a reconocer límites.
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