Durante mis años en la Concesionaria Ruta del Sol, una etapa que recuerdo con profunda gratitud, tuve el privilegio de ser parte de la construcción de mucho más que una vía. Lideré iniciativas que buscaban tocar las vidas de las personas, dejando una huella positiva en las comunidades que rodeaban nuestro proyecto. Tres de ellas se grabaron especialmente en mi memoria: el diseño de un proyecto pedagógico innovador en Cultura Vial para docentes y estudiantes de la región al que llamamos "ENRUTADOS CON LA SEGURIDAD VIAL"; El diseño del Programa de Responsabilidad Social que trascendía la mera filantropía y se enfocaba en la triple cuenta: Económica, Ambiental y Social; y el Cambio de enfoque epistemológico del programa de Seguridad Basada en el Comportamiento hacia la "Seguridad Basada en la Acción" soportada en la racionalidad comunicativa.
Sin embargo, hubo otro proyecto aún hoy me llena de una satisfacción especial: el programa de formación en lecto-escritura que implementamos para los miembros del área de Sostenibilidad de la Concesionaria. No se trataba solo de mejorar habilidades técnicas sin más bien de contribuir en la ampliación de horizontes de mundo, de comprensión de los Sentidos de la acción y el reconocimiento de las multiples perspectivas de lo mismo.
Permítanme compartir el germen de esta experiencia, la chispa que encendió esta enriquecedora aventura humana:
La educación siempre ha sido un faro en mi vida, una vocación que se manifestó desde muy joven. A los quince años, ya encontraba una profunda alegría guiando a niños y jóvenes como catequista en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen en el Barrio Palmira de Barrancabermeja. Esa sensación de compartir y construir aprendizajes se convirtió en una constante, de tal forma que a los dieciocho, esa inquietud creció y me impulsó a organizar talleres y conferencias informales para mis amigos y compañeros de estudio. Creía firmemente en el potencial latente en cada persona, en esos talentos únicos que, a menudo, solo necesitan un espacio para florecer y ser compartidos. Siempre he sostenido que la sabiduría y el conocimiento a menudo residen en nosotros mismos y solo esperan ser descubiertos.
Esta convicción, arraigada en mis experiencias tempranas, fue una de las razones que me llevaron a inscribirme en la especialización en Docencia Universitaria de la UIS después de mis estudios en Sociología. Fue allí, en un seminario liderado por el profesor Gonzalo Ordóñez, donde experimenté una revelación que resonaría profundamente en mi vida profesional. Rodeado de compañeros brillantes – médicos, ingenieros, enfermeras, entre otros, todos con estudios de posgrado – descubrimos que ¡no sabíamos leer de manera crítica!. No me refiero a la lectura superficial de las palabras, sino a la capacidad de analizar, interpretar y conectar el Sentido profundo de los textos (no solo escritos) con el "Mundo" que nos rodeaba, de comprender las capas de significado y las implicaciones subyacentes. En ese instante, me pareció que esta era una necesidad que todos los profesionales, sin importar su campo de especialización, deberían cultivar.
Impulsado por esta idea, me embarqué en la creación de un curso de lecto-escritura que comencé a ofrecer de forma gratuita a amigos y conocidos. La respuesta fue inesperada además de gratificante y en un giro del destino, este esfuerzo llegó a oídos de la directora de Extensión Universitaria de la UCC, Gladys Serrano Angarita. Ella vio el valor de la propuesta y, con algunas adaptaciones y la aprobación de la Secretaría de Educación Departamental, el curso se convirtió en una realidad para docentes de educación básica. Durante tres años, dediqué mi tiempo y energía a esta labor, viajando, compartiendo y viendo cómo el análisis crítico y la comprensión de textos (escritos y no escritos) marcaba un nueva rumbo en aquellos educadores. Fue una etapa intensa y profundamente enriquecedora, hasta que la vida me llevó por otros senderos profesionales.
Años más tarde, el destino me llevó a la Concesionaria Ruta del Sol como Gerente Social en el área de Sostenibilidad. Desde esta posición, con una perspectiva formada por mis experiencias previas, identifiqué una necesidad similar en mi propio equipo. Eran profesionales dedicados y competentes – ingenieros ambientales, especialistas en SST, psicólogos y trabajadores sociales, todos con una profunda vocación de servicio. Sin embargo, intuía que podíamos ir más allá, que podíamos fortalecer nuestra capacidad de análisis, de comunicación y de comprensión del complejo entorno social en el que operábamos.
Fue así como propuse dedicar un día al mes durante un año a un programa de formación interna y lo que comenzó como un taller de lecto-escritura trascendió rápidamente a otros temas cruciales para nuestro desarrollo no solo como trabajadores, sino también como personas y ciudadanos. Cada jornada se convirtió en un espacio para compartir ideas, desafiar nuestras propias perspectivas y construir un entendimiento colectivo más sólido. Recuerdo las discusiones apasionadas sobre la ética en la sostenibilidad, el análisis crítico de los informes de impacto social, y la exploración de nuevas formas de comunicar nuestro trabajo a las comunidades.
La experiencia fue tan grata y transformadora que aún hoy, años después, algunos de los miembros de aquel equipo recuerdan con cariño esos encuentros. Incluso, algunos han compartido su deseo de replicar la iniciativa en sus entornos laborales actuales, demostrando el impacto duradero de sembrar las semillas del conocimiento y la reflexión crítica.
Para mí, esa es la mayor recompensa: saber que juntos construimos algo más que una carretera; construimos capacidades, fortalecimos lazos y enriquecimos las vidas de quienes formaron parte de este proyecto.
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