Cuando se estructura un proyecto de infraestructura, minería, energía o hidrocarburos, solemos preguntarnos por sus impactos: qué predios afecta, cuántos empleos genera, qué recursos naturales interviene o qué medidas de manejo serán necesarias. Son preguntas indispensables, pero hay otra que pocas veces formulamos con el mismo rigor y que resulta decisiva para comprender lo que ocurre en torno a un proyecto: ¿qué significa ese proyecto para quienes viven en su área de influencia?
No es una pregunta retórica, porque las comunidades y demás actores no reaccionan únicamente frente a lo que un proyecto hace sino, también, a partir del significado que construyen sobre lo que representa. Por ejemplo: una carretera puede verse como una oportunidad para el Desarrollo Local y, al mismo tiempo, como una amenaza para determinadas formas de vida; una obra que mejora la movilidad puede activar memorias de incumplimientos, y una inversión social favorable puede generar desconfianza si se interpreta como compensación, imposición o intento de comprar voluntades.
A esa
configuración histórica y dinámica de significados, memorias, experiencias,
valores y expectativas desde la cual los actores interpretan su realidad y la
presencia del proyecto la denominamos Sistema de Sentido.
No se trata
simplemente de conocer la opinión de las personas, porque las opiniones pueden
cambiar rápidamente, ni de medir percepciones o sentimientos de manera aislada.
Lo que realmente interesa es comprender algo más profundo: ¿desde qué
experiencias acumuladas, memorias y criterios sobre lo justo o injusto se
interpreta aquello que está ocurriendo y se construye una lectura del proyecto?
Ahora, los Sistemas
de Sentido tampoco son homogéneos. Dentro de una comunidad pueden coexistir
interpretaciones distintas, incluso contradictorias: mientras algunos entienden
el proyecto como progreso, otros pueden asociarlo con pérdida; para unos representa
una oportunidad y para otros la repetición de experiencias de exclusión o
incumplimiento; por eso comprender esas diferencias permite interpretar mejor
las acciones sociales y advertir cómo podrían evolucionar y qué efectos tendría
esa evolución sobre la matriz de riesgos.
Identificar
actores, registrar reuniones o conocer sus posiciones, como tradicionalmente
hace la gestión social, sigue siendo necesario; pero resulta insuficiente si no
comprendemos por qué adoptan esas posiciones, qué experiencias las sostienen y
qué podría hacerlas cambiar.
Comprender el Sistema de Sentido, por
tanto, no significa agregar una categoría académica a la gestión social, sino incorporar
una capacidad distinta para producir inteligencia social en proyectos de alto
impacto: no quedarnos únicamente con lo que las comunidades hacen o dicen, sino
comprender desde qué significados actúan y cómo pueden transformarse.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario