lunes, 7 de septiembre de 2026

EL CONOCIMIENTO SOCIAL NECESARIO

 ¿Cómo sabemos lo que creemos saber sobre las comunidades, los actores y las situaciones sociales con las que trabajamos? Esta es una de las preguntas menos formuladas en la gestión social de proyectos de alto impacto y, paradójicamente, una de las más importantes.

Una organización puede saber cuántas personas asistieron a una reunión y desconocer qué significó ese encuentro para quienes participaron; puede identificar a los líderes formales y no reconocer a quienes realmente están articulando una posición colectiva, o registrar una demanda de empleo como una expectativa económica cuando detrás existe una percepción de injusticia, exclusión o reconocimiento. El problema, entonces, no consiste solamente en obtener más datos, sino en cómo producimos conocimiento social.

 

Durante mucho tiempo hemos operado bajo una lógica relativamente simple: profesionales externos preguntan, observan, registran y posteriormente interpretan; el conocimiento viaja predominantemente desde los actores sociales hacia la organización. Pero la realidad social no está esperando a ser recogida: se construye y transforma en la interacción cotidiana.

 

Un compromiso incumplido, una decisión técnica, un cambio de liderazgo, una conversación en WhatsApp o la aparición de un nuevo actor pueden modificar rápidamente la manera como un proyecto es interpretado. Por eso, conocer socialmente un proyecto exige algo más parecido a una película que a una fotografía.

 

Una preocupación planteada por un actor debería poder seguirse hasta saber cómo fue interpretada, quién la analizó, qué decisión produjo y qué respuesta regresó a quienes la originaron. Así, una entrevista dejaría de ser solamente extracción de información; una cartografía social podría convertirse en un mecanismo de construcción compartida de significado, y una mesa de diálogo en un espacio de producción de conocimiento.

 

Para el proyecto, esto tiene una utilidad concreta: permite detectar tempranamente cambios en expectativas, narrativas, liderazgos y relaciones; distinguir una inconformidad aislada de una situación que comienza a convertirse en riesgo, comprender qué la está produciendo y decidir antes de que una tensión escale a conflicto. Aquí aparece la posibilidad de desarrollar sistemas de mediación y producción social de conocimiento; es decir, actores capaces de escuchar, interpretar, contrastar y traducir diferentes maneras de comprender una situación, mediando entre conocimientos sociales, institucionales y técnicos.

 

Ese conocimiento es la base para una gestión preventiva del conflicto y para construir una agenda social proactiva, capaz de actuar sobre las situaciones antes de que se conviertan en crisis para el proyecto.




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