“Desde que estaba pequeñito los médicos me decían que el niño tenía un soplo, pero como yo era una campesina ignorante solo decía ¡ah bueno doctor! y no hacía nada”. Así relata mi mamá la forma en que se enteró de mi condición.
A los trece años, un médico me informó directamente que tenía un soplo y me mandó un electrocardiograma. Durante el examen, la enfermera me preguntó por qué lo estaba haciendo, entonces le dije que tenía un soplo, y ella, quitándole importancia al asunto, me respondió con un tono medio burlesco, casi como un regaño: “eso no es nada, todo el mundo tiene un soplo. Yo misma tengo uno y no pasa nada”. Para un adolescente barranqueño, esa afirmación, viniendo de una enfermera, que era una figura de autoridad en temas de salud, significaba que podía seguir mi vida sin preocupaciones. Y así lo hice. Nunca volví a visitar el cardiólogo y viví una adolescencia y juventud sin restricciones. Jugué fútbol, hice pesas, monté en bicicleta y viví diversas aventuras. Llegado el tiempo aprendí a fumar y parrandear al estilo ribereño con vallenatos de la época, presté el servicio militar y tuve distintas experiencias académicas, laborales y espirituales en diferentes partes del país.
Ya en la universidad, cuando cursaba los semestres superiores de sociología, el médico cardiólogo Angel Maria Chávez me explicó de manera muy didáctica, en qué consistía mi soplo. Tenía un defecto congénito de la válvula aortica: una aorta bivalva. Me explicó los pormenores de la situación y sus implicaciones. Ese día regresé a la universidad en medio de la confusión y la mirada perdida propia de quién siente que ha recibido una mala noticia. Sin embargo, la vida siguió y mis hábitos no cambiaron mucho, ya no tomaba alcohol pero fumaba, tomaba mucho café y leía más que el promedio.
Me gradué de sociólogo, hice dos posgrados y, ya inmerso en la vida laboral, el mismo doctor Chávez me anunció que por la evolución de aquel Soplo, tenía el corazón más grande y ya era tiempo de reemplazar la válvula aortica por una mecánica. Fui operado el 04 de febrero del año 2.000 por el médico cirujano Jaime calderón Herrera, a quien había conocido antes en las arenas de la política local cuando él fue candidato al concejo de Bucaramanga. La operación fue un éxito y al poco tiempo estaba trabajando y con una vida normal, atendiendo las recomendaciones básicas como controlar la vitamina K en la dieta, evitar deportes de choque, tomar diariamente Warfarina (anticoagulante) y estar alerta a señales como sangrados, moretones, etc. Definitivamente dejé de fumar.
Pasados cuatro años, como director del proyecto Cátedra de Paz en el departamento de Santander, viajando por caminos polvorientos y trochas para llegar a varios municipios del departamento, descuide mi dieta y la constancia en los medicamentos. Al terminar el proyecto me hice un ecocardiograma de control y se reveló que la válvula estaba funcionando al 50%: Nuevamente fue el doctor Chávez quien advirtió la situación y el médico Jaime Calderón, que se aprestaba para una cirugía, al ser consultado dijo tajantemente “hay que operar de urgencia”.
Ingresé a la Fundación Cardiovascular el 21 de diciembre de 2024, mi familia estaba consternada. Hacía tres días había nacido un sobrino con apenas 25.5 semanas y otro sobrino se preparaba para hacer la primera comunión y por supuesto el evento que se tuvo que aplazar. Finalmente la cirugía fue realizada el 28 de diciembre.
En esta segunda intervención mi experiencia fue muy distinta a la primera. En los días previos hubo mucha incertidumbre por lo que iba a pasar, lo que aumentada la ansiedad y después de la cirugía estuve más tiempo del previsto en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Sin embargo, estando allí sucedió algo que cambiaría mi vida.
Desde mi adolescencia siempre tuve la sensación que moriría joven, específicamente a los 35 años justo los que tenía cuando estaba en la UCI, por lo que sentía que el destino era inevitable. De repente, un día ingresó un paciente acompañado de su hijo, un niño de 10 años, que le llevaba y traía cosas. La visión de ese niño (que ahora no se si fue real) despertó en mí un sentimiento inesperado: por primera vez en mi vida, sentí un profundo deseo de ser padre. Sentí que no era justo morir en ese momento. Pasaron los días y allí estuve el 31 de diciembre observando a la media noche como las enfermeras y los médicos se abrazaban deseándose un feliz año. Días después me pasaron a cuidados intermedios y después a una habitación. Salí de la clínica el 13 de enero de 2005.
Hoy se cumplen 20 años de este recambio de la válvula aortica. En términos generales he estado bien. Para mi fortuna, con mi esposa Diana, no tuvimos un hijo sino dos, un par de mellos (niño y niña) que son la prueba viva del amor de Dios, lo mismo que mi sobrino Juan Diego que en sus veinte ya está en la universidad gozando de buena salud.
3 comentarios:
Bella descripción bdr aquellos tiempos. Abrazos y mucha salud para disfrutar en familia 💐🌟🙏
La vibración de la lucha, sin cesar; pareciera que fueran las palabras (latidos) que el corazón nos envía para recordarnos en todo instante su misión.
Pslq.
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